martes 27 de octubre de 2009

ANTÁRTIDA: viaje al confín del mundo (II parte)

PASO DEL DRAKE: La confluencia de tres océanos. Hábitat natural de los gigantes del aire, los Albatros viajero y real

Tras abandonar el Canal de Beagle y pasar junto al Cabo de Hornos, el capitán puso rumbo sur para cruzar el Pasaje Drake, que separa los dos continentes. Esta barrera biológica es el marco de la Convergencia de tres océanos; donde el Antártico sumerge sus aguas polares debajo de las aguas más cálidas del Atlántico y Pacífico. Este hecho genera gran cantidad de nutrientes que sustentan la rica biodiversidad marina.

Estas aguas son unas de las mejores del mundo para observar a las aves voladoras más grandes de la tierra, los albatros viajero. Tengo que reconocer que no esperábamos verlos tan pronto. Abandonamos de noche la costa americana y al subir al puente a las 5:30 horas de la mañana la primera imagen que se presentó ante nuestros incrédulos ojos fueron dos enormes albatros; el real y el viajero. Dos bimbazos de escándalo, que no hicieron más que confirmarnos que teníamos la suerte de nuestro lado.

El Albatros viajero (Diomedea exulans) no es un ave que se caracterice por seguir a los barcos. Así que las pocas oportunidades que tuvimos para verlos había que aprovecharlas. El único inconveniente era el balanceo del barco y el fuerte viento.

Efectivamente las fotografías demostraron que no eran producto de nuestra imaginación, eran ejemplares adultos con la característica mancha ocre en la zona auricular que le confiere el plumaje reproductor. Casi cuatro metros de pájaro con un volar imponente y majestuoso que sorteaba con suma parsimonia las grandes olas del Drake mientras buscaban alimento

Y es que estábamos en unas de las aguas más peligrosas del mundo. Donde yacen innumerables barcos que fracasaron en su intento de cruzar el famoso cabo rumbo al Pacífico, al verse inmersos en fuertes temporales. No es para menos, durante los tres días que se tarda en cruzar el Pasaje de Drake para llegar a la Península Antártica, sufrimos las durísimas inclemencias del tiempo, tanto a la ida como a la vuelta, con vientos fríos del W F 7-8 y olas de más de siete metros.

Como imaginaréis la navegación en estas aguas no era nada agradable. La mar que venía del Pacífico nos daba irremediablemente de costado, moviendo en exceso el barco y convirtiendo la aventura para más de la mitad del pasaje en una auténtica pesadilla. Para nosotros la mayor incomodidad era a la hora de estar en cubierta o en el puente observando la numerosa fauna ornítica, sobre todo en la popa del barco, cuando las olas salpicaban con violencia en su interior.

En estas aguas las aves marinas y entre ellas los imponentes albatros nos realizaban continuas pasadas de popa a proa y a pocos metros de distancia, y esa oportunidad había que aprovecharla. Sobre todo para retratarles cuando cabalgan sobre las olas. Lo peligroso era indudablemente la mar que conseguía librar la altura de la regala de la cubierta de popa y entraba con violencia. Así que para llegar a la misma popa había que sortear primero esta parte y luego allí aislados sujetarse con las rodillas en los contrafuertes del mamparo y poder sacar así las fotos. De vez en cuando el agua que inundaba la cubierta llegaba a nuestra posición y en un par de ocasiones tras cubrirnos hasta las rodillas comprobamos en nuestras carnes lo fría que es la mar con sólo dos grados de temperatura… al final la prudencia aconsejo retirarse a las cubiertas superiores y al puente del barco.

Albatros real del Sur (Diomedea e. epomophora)

Prión picofino (Pachyptila belcheri)

Albatros ojeroso (Thalassarche melanophris)

Estábamos en plena orgía de aves marinas, en el hábitat idóneo de albatros, priones, petreles, fulmares, potoyuncos, paíños e incluso pingüinos.

Los abundantes Albatros ojeroso (Thalassarche melanophris) se pueden ver durante todo el Pasaje del Drake...

Albatros ojeroso (Thalassarche melanophris) adultos

Albatros ojeroso (Thalassarche melanophris) subadulto

Petrel damero con Albatros ojeroso

la línea que supone el “choque” entre estos océanos separa convenientemente los dos ecosistemas de las distintas especies marinas. Mientras en estas aguas seguíamos viendo a las dos especies de albatros real, los del Norte y del Sur

Parecían conocerse. Nada más posarse frotaron sus picos. El tercer albatros optó por marcharse.


Albatros real del sur (Diomedea epomophora)

Albatros real del norte (Diomedea sanfordi)

y a los contados cabecigris (Thalassarche chrysostoma).

adulto

jóven

Sólo en aguas antárticas aparecía el escaso Albatros tiznado (Phoebetria palpebrata).

adulto

jóven

Lo mismo ocurría con los priones. Pequeños petreles azulados de vuelo errático y nervioso, que con bruscos cambios de dirección, parecían estar más a merced del viento que de sus facultades de vuelo. Vimos tres especies. En aguas de la plataforma americana habitaba el Prión Picofino, mientras en aguas más abiertas teníamos al azulado y por último al antártico.

Prión picofino (Pachyptila belcheri)

Prión azul (Halobaena caerulea)

Prión antártico (Pachyptila desolata)

Muy abundante y confiado también resultó ser el Petrel Gigante del Sur. Las continuas pasadas que hicieron junto al barco y a muy corta distancia permitió muy buenas observaciones. Curiosamente todos los ejemplares vistos fueron adultos, mientras los jóvenes sólo los observamos en el Canal del Beagle. Más escaso resultó el Petrel Gigante del Norte distinguible únicamente por la uña roja de su pico.

Petrel gigante del sur, fase blanca

Petrel gigante del sur (Macronectes giganteus)

Petrel gigante del norte (Macronectes halli)

En estas aguas disfrutamos y mucho con una de las aves marinas más bonitas que existen gracias a la combinación ajedrezada del negro y blanco del Petrel damero. Muy abundante por todo el Drake incluso en aguas antárticas. Donde curiosamente el Petrel Antártico resultó ser muy escaso. Sólo los vimos durante un día y antes de llegar a las Shetland del Sur.

Petrel damero (Daption capense)

Petrel antártico (Thalassoica antarctica)

Con ellos solía interactuar el Fulmar austral. Más esbelto que el nuestro destacaba su pico más fino y las narinas azuladas.

Fulmar austral (Fulamarus glacialoides)

Fulmar, Petrel antártico y damero

Sólo vimos dos especies de pardelas. Las grandes, robustas y oscuras Pardelas gorgiblanca, donde el blanco de la barbilla sólo era visible de cerca. Y una esbelta Pardela sombría.

Pardela gorgiblanca (Procellaria aequinoctialis)

Pardela sombría (Puffinus griseus)

En esta amalgama de marinas no podían faltar las aves más pequeñas como el potoyunco y los paíños. En aguas de la plataforma americana encontramos un ejemplar de Paíño dorsigris (Garrodia nereis) y de Potoyunco común (Pelecanoides urinatrix). En aguas abiertas del Drake destacaron tanto el Paíño ventrinegro, como el muy abundante Paíño de Wilson.

Paíño ventrinegro (Fregetta tropica)

Paíño de Wilson (Oceanites oceanicus)

Pero no fue hasta llegar muy cerca de las Shetland del Sur, en aguas antárticas cuando disfrutamos con los primeros pingüinos barbijo (Pygoscelis antarctica). Estos aparecían fugazmente, como delfines enanos, al salir a respirar.

Indudablemente estábamos muy cerca de las primeras islas antárticas: Las Shetland del Sur...

Albatros ojeroso al atardecer


En el siguiente capítulo

Shetland del Sur: Elefantes marinos, lucha entre titanes



lunes 19 de octubre de 2009

ANTÁRTIDA: VIAJE AL CONFÍN DEL MUNDO (I PARTE)


Navegando por el Canal de Beagle entre albatros ojeroso y pingüinos de Magallanes

La Antártida es, junto con las islas Galápagos, uno de los destinos más deseados para lo amantes de la fauna salvaje. Mucha gente piensa que para poder ir se necesita un permiso especial, algo que es casi imposible de conseguir y está al alcance de muy pocos. Sin embargo, la realidad es tan sencilla como costosa. En el primer caso basta con una plaza en uno de los muchos barcos que navegan con turistas en aquellas gélidas aguas, y en el segundo basta con hacerse con un billete de avión, de los dos que vuelan a diario, al laboratorio evolutivo que son las Galápagos.

Viajar a la Antártida es siempre sinónimo de caro. Pero si se busca con tiempo, sin prisa y pocas exigencias de acomodación podemos encontrar viajes al alcance de nuestra mano. El barco de bandera argentina Ushuaia, de la compañía Antarpply expeditions, reunía todos nuestros requisitos. Marinería y guías de habla hispana, barco para 50 pasajeros y política de puente abierto, es decir, podíamos estar durante los once días que dura la aventura en el puente, algo que es fundamental para disfrutar de la mar y su fauna. Y lo más importante un precio muy asequible, si lo comparábamos con el resto de ofertas, cerca de 3.000 euros.

El barco parte del puerto argentino de Ushuaia en Tierra del Fuego. Paradójicamente es un puerto seco, es decir mientras el muelle es Argentina el agua es Chile. Como somos buenos previsores y evitando el riesgo de cualquier tipo de retraso o huelga de avión inoportuna que nos mandase al garete el “viaje de nuestra vida” nos presentamos, en la ciudad más austral del mundo, cuatro días antes de partir rumbo al continente helado.

Llegamos en avión desde Buenos Aires y, ya antes de abandonar las instalaciones aeroportuarias, un oportuno Págalo chileno nos puso en antecedentes cuando pasó junto a la furgoneta. Pero fue llegar a la zona portuaria de Ushuaia donde se desató nuestras pasiones al ver el imponente vuelo de nuestro primer Petrel Gigante. Lo mejor de todo fue cuando pudimos comprobar que junto a los pequeños desagües, y muy cerca de la orilla, estaban posados en el agua varios ejemplares de esta especie. Y el apellido de “gigante” lo tienen bien puesto, son igual de voluminosos que una persona de cuclillas.

Págalo chileno (Catharacta chilensis)

Petrel gigante adulto (Macronectes giganteus)

Petrel gigante jóven (Macronectes giganteus)

En los aledaños y donde la influencia de las mareas dejaban al descubierto zonas rocosas plagadas de piedrillas, o cubiertas de algas, se encontraban alimentándose varios Ostreros negro junto a las vistosas Gaviotas de Magallanes y las gigantonas Gaviotas cocinera.

Ostrero negro (Haematopus ater)

Gaviota de Magallanes (Larus scoresbii) adulta


Gaviota de Magallanes (Larus scoresbii) de 2º año

Gaviota cocinera (Larus dominicanus) adulta

Gaviota cocinera (Larus dominicanus) de tercer invierno

Gaviota cocinera (Larus dominicanus) segundo invierno

Gaviota cocinera (Larus dominicanus) primer invierno

En aguas profundas varios cormoranes reales con sus llamativas carúnculas nasales amarillas se afanaban en pescar peces y una pareja de charranes sudamericanos descansaban al atardecer en una pequeña boya.

Cormorán real (Pharacrocorax albiventer)

Charrán sudamericano (Sterna hirundinacea)

A la mañana siguiente, y antes de amanecer, nos presentamos en el Parque Nacional de Tierra del Fuego, distante 12 km al Oeste de la ciudad. Si se entra antes de las ocho de la mañana, hora de apertura del Parque, te ahorras de pagar los tickets. Este sitio es totalmente recomendable para pajarear por sus endemismos. Los paisajes parecen, salvando las distancias, sacados de un libro de Jack London. Sobre todo al observar los impresionantes diques construidos por los introducidos y siempre dañinos castores.

Bahía ensenada (Tierra de Fuego)

Castor y castorera

Condor (Vultur gryphus)

Pico magallánico (Campephilus magellanicus) macho

Caburé austral (Glaucidium nanum)

Sin embargo las amplías bahías que forma el Canal de Beagle a su paso por el Parque son un lugar idóneo para observar a un somormujo gigantón, el Macá grande y a dos especies endémicas de patos marinos muy interesantes. Los denominados Quetros o Patovapor. De las cuatro especies que existen, en estas aguas podemos ver al volador y al no volador. Esta última especie y como su nombre indica ha perdido la facultad de volar.

Macá grande (Podiceps major)

Quetro o Patovapor volador (Tachyeres patachonicus)

Quetro o Patovapor no volador (Tachyeres pteneres)

Estos canales parecen un túnel de viento, donde los albatros ojeroso vuelan sin esfuerzo sorteando los meandros. Es alucinante verlos volar en paisajes de ensueño y con bosques de fondo en vez de en mar abierto. Decenas de albatros y petreles gigante que de cuando en cuando entraban a las idílicas bahías.

Albatros ojeroso (Thalassarche melanophris)

El destino quiso que tres días antes de nuestro viaje, durante el verano austral, nuestro barco sufriese un imprevisto que obligó a la compañía contratada a buscarnos otro embarque. Lo que en un principio consideramos mala suerte se tornó, en menos de 24 horas, en algo increíble gracias a la profesionalidad de los responsables de Antarpply, al ubicarnos en el rompehielos ruso Polar Pioneer, barco de la compañía australiana Aurora Expeditions, ganar un día más de viaje y encima tener un camarote exterior doble y con baño… sin aumento de precio a pesar de costar en esta ocasión poco más de 6.500 euros.

Así que mientras esperamos al día del embarque, aprovechamos para realizar algunas excursiones que teníamos pendientes. Entre ellas es recomendable la que nos lleva a las pequeñas islas chilenas de los pájaros, lobos, Brigde, o el falso Faro del fin del mundo. Para ello podemos contratar los servicios que ofrecen pequeñas agencias instaladas junto al puerto de Ushuaia. Es recomendable realizarlas por la mañana, ya que a la tarde siempre se levanta un viento muy fuerte y desagradable que dificulta enormemente la navegación.

Estas islas albergan una población importante de aves marinas, principalmente cormoranes de tres especies; real, imperial y roquero. Estos comparten espacio con Leones marinos de un pelo, charranes sudamericano, págalos chileno, gaviotas de Magallanes e incluso ostreros negro y magallánico.

Cormorán real (Pharacrocorax albiventer)

Cormorán imperial (Pharacrocorax atriceps)

Cormorán roquero (Pharacrocorax magellanicus)

Págalo chileno (Catharacta chilensis)

Charrán sudamericano (Sterna hirundinacea)

Ostrero magallánico (Haematopus leucopodus)

La tarde del ocho de diciembre de 2008 embarcamos por fin en el Polar Pioneer. Nuestras primeras horas de navegación las realizamos por las míticas aguas del Canal de Beagle a través del paso Mackinlay flanqueados por grandes montañas nevadas y escoltados por decenas de albatros ojeroso, toscos petreles gigante y págalos chileno.

Petrel gigante (Macronectes giganteus)

Albatros ojeroso (Thalassarche melanophris)

Págalo chileno (Catharacta chilensis)

Al poco el porte de un velero holandés transportó nuestra imaginación a los años de Charles Darwin cuando con el barco que le da el nombre al Canal buscaba un paso al Pacífico.

Por estas aguas pasamos cerca de una colonia de pingüinos de Magallanes, consiguiendo ver algunos ejemplares nadando ágilmente y conseguimos ver varios ejemplares de Potoyunco magallánico, un pequeño petrel endémico de estas aguas, que es conocido por los lugareños como Petrel zambullidor.

Pingüino de magallanes (Spheniscus magellanicus)

Potoyunco magallánico (Pelecanoides magellani)

Mientras llegábamos a las postrimerías del Cabo de Hornos en aguas del Atlántico sur, el capitán ayudado en todo momento por un práctico abordo, sorteaba con habilidad los numerosos arrecifes y bancos de arena que, sumergidos, acechan a los barcos imprudentes. Trampas subacuáticas y pequeños islotes con miles de parejas de charranes sudamericano.

Pero lo que más nos sorprendió fueron las grandes concentraciones de albatros ojeroso que, en un número cercano a los tres mil, se encontraban posados cerca de las aguas abiertas. Los albatros y las miles de pardelas sombrías, que estaban llegando del hemisferio norte para bordear el Cabo de Hornos y criar en las aguas chilenas del Pacífico.

Albatros ojeroso (Thalassarche melanophris)

Pardelas sombría (Puffinus griseus)

En el próximo capítulo:


PASO DEL DRAKE: LA CONFLUENCIA DE TRES OCÉANOS (II parte)

Hábitat natural de los gigantes del aire; los albatros viajero y real.


viernes 25 de septiembre de 2009

SVALBARD: Naturaleza salvaje en estado puro

Desde Gaviota marfil hasta osos polares

Las Svalbards son un archipiélago noruego salvaje y montañoso con profundos fiordos, extensos témpanos de hielo que cubren la mar y numerosos glaciales que se encuentran a medio camino entre la Noruega continental y el Polo Norte. Este hábitat con un clima ártico muy extremo en invierno, alberga una población de osos polares que casi duplica a la de humanos.

El viento dibujaba en las nubes formas caprichosas

Las guías especializadas aconsejan visitar estas tierras desde finales de junio hasta primeros de septiembre, que es cuando los hielos que cubren durante el invierno la costa oriental, al Este de las Svalbards, favorecen en esta época del año la navegación entre sus impresionantes fiordos.

He tenido la oportunidad de estar durante día y medio en mayo en estas islas y vivir una auténtica aventura en busca del Oso polar, un gran predador en su hábitat natural enmarcado en un paisaje tan inhóspito como incomparable. Esta época del año que parece a priori poco aconsejable, ha sido sin embargo una de las experiencias más intensas que he vivido y por lo tanto la aconsejo a todos los amantes de la aventura y de la fauna salvaje.

Este año el trabajo me ha llevado por aquellas gélidas aguas durante veinte días entre abril y mayo, cuando el sol nunca se pone. Me embarqué en la población noruega de Tromso a bordo de un bacaladero gallego. Como imaginaréis este tipo de embarcación es un lugar perfecto para la observación de cetáceos y aves marinas.

Antes de partir, el barco estuvo varios días descargando el pescado en los muelles de esta población noruega. El duro invierno vivido este año todavía era patente en las empinadas laderas y el agua con sólo un pocos grados de temperatura albergaba buenos números de patos marinos. Entre los que destacaban por su abundancia los eideres común, el real y las haveldas... mientras en sus orillas correteaban los correlimos oscuro. Sin embargo entre los láridos las más abundantes eran las adultas gaviotas cana seguidas por los gaviones y las gaviotas argénteas.

Eideres común

Eider real

Haveldas

Gaviota cana

Gavión


Gaviota argéntea

Partimos antes de anochecer y tras navegar durante día y medio los 657 km que separa el continente noruego de las Svalbards, llegamos a las postrimerías de la Isla Osos al sur del archipiélago. En estas aguas, y mientras el barco recogía las redes, nos llevamos la sorpresa al comprobar que por la popa y en cada virada nos seguían cachalotes. Este comportamiento ya lo había observado en el Mediterráneo con los delfines mulares, no imaginaba que estos grandes cetáceos tenían la misma costumbre en estas latitudes.

Mientras faenábamos al borde de los cantiles rumbo norte y frente a las Svalbards, que se erigían como un inmenso bloque de hielo, roca y nieve, sufrimos las inclemencias del tiempo. Un tiempo tan variable como imprevisible. Tan pronto hacía sol como nevaba, hacía calma como se levantaba un fuerte temporal del SW con olas de 5 a 7 metros. Lo peor era cuando soplaba un viento tan helado como cortante, momento en el que se formaba en el barco una buena capa de hielo. Esto hacía que admirase más a la gente de la mar viéndoles trabajar en estas condiciones tan duras, máxime cuando las grandes olas barrían la cubierta al entrar por la popa.

Aquí las auténticas reinas de la mar son las aves marinas. Básicamente se ven tres especies de aves, donde los fulmares se contaban por millares de las fases claras e intermedias, seguidas por las grandes y albas Gaviotas hiperbóreas y las ruidosas Gaviotas tridáctilas.

fulmares fases clara e intermedia

Gaviotas tridáctila adulta y primer verano

En estas aguas solían aparecer algunas gaviotas argénteas y sombrías y los gigantones Gaviones. Más escasas fueron las Gaviotas polares, el Págalo pomarino y los agresivos Págalos grandes, empeñados en hacer la vida imposible a las hiperbóreas con el único fin de robarles los restos de pescado que almacenaban en sus buches. La sorpresa la dio un adulto de Gaviota báltica, que posada junto a una intermedius de sombría se apreciaba claramente los rasgos acharranados de esta interesante especie.

Gaviota argéntea y tridáctila

Págalo grande

Gaviota polar

Gavión

Gaviota sombría (L.f. intermedius)

Gaviota báltica

A medida que avanzábamos hacia el norte, aumentábamos los números de los fulmares de la rara fase oscura o azulada...

y las hiperbóreas se acercaban volando muy alto desde las islas y en parejas con el característico reclamo de las gaviotas, aunque con un canto mucho más melodioso que las nuestras.

Adulto de Gaviota hiperbórea llamando a la pareja

Hiperbórea de primer invierno

Hiperbórea de segundo invierno

Hiperbórea cuarto año

Hiperbóreas adulta

Gaviones de primer verano

Gaviones de cuarto año

Cuando llegamos a la altura de los impresionantes farallones del Parque Nacional de Forlandet, donde crían decenas de miles de aves marinas y a 24 millas de distancia, se nos acercó al barco una de las joyas aladas del Ártico y una de las más importantes especialidades de la zona: un hermoso adulto de Gaviota marfil, que después de dar unas vueltas alrededor del pesquero fue expulsada por una agresiva Gaviota tridáctila.

Gaviota marfil

No fue hasta que llegamos al 79º 01´ Norte cuando empezamos a observar números importantes de dos especies de álcidos… nuestros pingüinos voladores. Se contaban por miles los pequeños y ruidosos Mérgulos marinos, quienes levantaban el vuelo de un pequeño saltito a medida que nos acercábamos con el barco. Del mismo modo, el también muy abundante Arao de Brünnich y los más escasos Frailecillos y araos aliblancos, levantaban el vuelo de una forma más tosca y con una torpe carrera en contra del viento.

Araos de Brünnich

Arao aliblanco

Frailecillo

Mérgulos

Finalizamos la marea en el 79º 46´ Norte, donde viramos para dirigirnos a la antaña ciudad minera de Longyearbyen, que en el 78º 13N, es con sus 1.600 habitantes el asentamiento más poblado y septentrional del mundo. En este lugar es donde tenemos que coger el avión de regreso a casa. El destino quiso que por falta de vuelos permaneciésemos día y medio.

Mientras navegábamos rumbo a nuestro nuevo destino entre los fiordos recién desnudos de hielo, que nos permitieron sortear las numerosas banquisas a la deriva y los pequeños iceberg, vimos algunas de las especialidades de la zona. Este paisaje en blanco y negro hizo que la imaginación y nuestros recuerdos viajasen al otro paisaje helado por antonomasia: la Antártida.

Posados sobre los bloques de hielo descansaban las gaviotas tridáctilas e hiperbóreas, los álcidos volaban como pequeños torpedos entre la banquisa y los fulmares seguían al barco con la esperanza de un descarte milagroso. Un ejemplar adulto de Foca barbuda nos miraba con curiosidad en el agua antes de esconderse bajo ella y también conseguimos ver los primeros ansares piquicortos y barnaclas cariblanca.

Ya frente a Longyearbyen, un pequeño muelle rodeado por hielo nos hizo desembarcar temerosos sobre éste: estábamos en la isla de los Osos. Mientras esperábamos un taxi y junto al exiguo muelle, distintas especies de aves marinas se afanaban en buscarse el alimento; y así observamos como los Eideres comunes y reales capturaban con sus buceos pequeños erizos que tragaban como si fueran fakires y a los nupciales Araos aliblancos hacer lo mismo con pequeños pececillos.

Al llegar al hotel Radisson y en la recepción, había un pequeño cartel en inglés y noruego sin título, tan prometedor como peligroso… “durante los últimos 15 días se han visto osos polares dentro del pueblo. Si van a salir fuera de la zona de casas les rogamos lleven las armas que consideren oportunas”. Una nota inquietante a la que sólo le faltaba decir: “No den de comer a los animales”, en clara referencia a nuestra persona. No era broma. Y así lo comprobamos en la calle al ver como venían sus habitantes a hacer la compra a la ciudad.

La posibilidad de avistar osos en estado puro nos hizo contratar los servicios de un guía para verlos. Frente al hotel hay una agencia que cuenta con la posibilidad de ir hasta la costa Este del archipiélago donde son más abundantes. En mayo la mar está congelada, no se puede ir en barco y tampoco hay carreteras, la única forma de llegar hasta allí es yendo en motos de nieve.

Por unos 250 euros al cambio (se paga en coronas) te ofrecen este servicio. Con el permiso de conducir de aquí puede pilotarla uno mismo, el precio incluye además de la moto de gran cilindrada, el traje completo que lo compone: buzo, casco, guantes de piel de foca, botas, verduguillo y gafas. Imprescindible este equipamiento para no morir congelado. En la Costa Este se alcanza los 14 grados bajo cero y la sensación térmica por el viento baja la temperatura hasta los 25 bajo cero.

La duración de la aventura es de diez horas, ya que hay que recorrer entre la ida y la vuelta algo más de 200 kilómetros a una media de 70 km/h, atravesando fiordos, un glacial y banquisa marina. Y lo más importante, como aconsejaba el cartelito del hotel, el guía iba armado con un rifle y una pistola Magnun de gran calibre.

Antes de partir dan unas clases prácticas de pilotaje, en nuestro caso a las dos personas que viajábamos juntas, de cómo hay que dar las curvas. Hay que ir en estricta fila india, la moto sigue los surcos que deja la moto de delante, algo así como los coches en el juego del scalextric. Si se va rápido te sales, y entonces hay que volver ayudándose con el cuerpo a modo de contrapeso. Es decir, que la experiencia que podíamos tener con las motos de aquí no servía de nada.

Al principio la inexperiencia te hace ir a una velocidad de “vértigo”, apenas 40 km/h. Pero la sensación en este tipo de motos es de ir a 100 km/h. Poco a poco ganábamos confianza, sobre todo en las curvas y pudimos llegar a los 60 km/h. El “acojono” nos llegó cuando el guía nos informó que los osos alcanzan una velocidad punta de 65 km/h. Estábamos perdidos.

La adrenalina estaba a pleno rendimiento. Los espectaculares paisajes, la aventura y la presencia de osos nos mantuvieron a todos en permanente alerta. Durante el trayecto nos cruzamos con bastantes manadas de Renos de las Svalbards que comían pequeñas briznas de hierba y líquenes. También levantamos una Perdiz nival con la moto, y nos sorprendimos al ver a los Fulmares volando en medio de la isla muy alejados de la costa.

El momento más alucinante de la travesía fue cuando cruzamos un collado. El paisaje blanco, la niebla y una ventisca de nieve nos desorientó completamente. No sabíamos si subíamos, bajábamos o íbamos cabeza abajo. Nos dicen que estábamos volando y lo creemos ciegamente. Sólo teníamos como referencia un punto negro delante, la moto que nos precedía y por nada del mundo había que perderla. Para colmo se nos congelaron las gafas perdiendo más visibilidad, si cabía.

Al salir por fin de la niebla, se nos presentó ante nosotros el mar congelado, hábitat ideal de focas; el alimento preferido de los Osos. Tras comer Spaguetis a la Boloñesa liofilizados, con agua hirviendo, y tomar un reconfortante chocolate caliente, descendimos al falso “desierto” helado. Antes de descender el guía nos prohibió tajantemente parar solos o en fila india, teníamos que hacerlo agrupados y sobre todo no bajarse de la moto bajo ninguna circunstancia.

No habíamos llegado abajo cuando paramos. Teníamos ante nosotros unas enormes huellas de Oso polar: Eran tan grandes que como bien apuntó Jon, parecía que llevaba raquetas para andar por la nieve. El guía sacó en ese momento su arma y la cargó por precaución.

En otros lugares las excursiones se realizan desde la seguridad de un barco o desde todo terrenos con barrotes para evitar que los osos incluyan en su cena a un turista. Nosotros en esas motos éramos unas deliciosas latas abiertas y muy vulnerables. No recorrimos ni diez minutos cuando teníamos ante nosotros, y a unos tres cientos metros, un enorme Oso polar. El plantígrado al vernos se tumbó en la nieve como una alfombra y hendió su morro para pasar desapercibido, pero el color amarillento de su pelaje le delataba.

Tras casi un cuarto de hora de espera para verlo al menos erguido, el guía decidió darle un rodeo muy amplio para poder visitar otras zonas en busca de más fauna. Nuestra sorpresa fue mayúscula al comprobar que no había un único oso polar, sino dos enormes plantígrados más. Por precaución no fuimos en busca de pinnípedos y decidimos volver a Longyearbean. La presencia de tanto oso en dos kilómetros cuadrados así lo aconsejaba. Tuvimos la gran suerte de ver en su hábitat al gran predador, a uno de los animales más vulnerables al cambio climático, que le empuja inexorablemente a la extinción.

Una aventura inolvidable en la que solo me resta decir a Jon Ruiz y a los hermanos Estanis y Arnaitz Mugerza… Señores estoy muy orgulloso de ustedes.

Un saludete

Gorka Ocio





domingo 13 de septiembre de 2009

PRIMER PTERODROMA FOTOGRAFIADO EN ESPAÑA



AULA DO MAR

El sábado 5 de septiembre de 2009 nos embarcamos en el puerto coruñés de Cariño, veinte aficionados a las aves, al encuentro de aves marinas. El tiempo, aunque soleado, no era nada bueno para navegar. Una buena nordestada, que estuvo soplando toda la noche, casi nos desanima a salir a la mar. Al final, los responsables, y muy acertadamente decidieron dar luz verde.

El barco, un pesquero cerquero reciclado para pasajeros, sin el lastre que supone las artes de pesca y con poco combustible al estar a final de temporada, hacía que tuviésemos mucha obra muerta. Este término marino significa que hay mucho barco fuera del agua… con el NE F5-6 y las olas de poco más de un metro que levantaba el viento, hacía que el barco se moviese en exceso. Había que agarrarse con firmeza a la regala, al banco o donde fuese. Eso o salir volando.

El patrón puso rumbo oeste. El objetivo era alejarse 20 millas de la costa y con la ayuda del “chum” preparado darnos un festín de aves marinas. Además contábamos con el aliciente que justo el día anterior pasaron más de dos centenares de págalos raberos, incluso un Pterodroma por Estaca (Ricardo Hevia com. pers.), distante tan sólo unas pocas millas en línea recta.

El movimiento del barco era exagerado, y entre las olas que levantaba la proa y las que nos daba de costado regaba a todos los que estábamos en cubierta… algo que hizo que poco a poco fuese cayendo el personal. Las pardelas cenicienta, pichoneta y capirotada pasaban como cohetes por el costado con el viento de cola. Era una temeridad sacar una cámara de fotos en aquellas condiciones.



Al llegar a las 10 millas del Cabo Ortegal, el organizador de la salida, Manuel Pajuelo tras consultar con el experto Jose Miguel Alonso Pumar, decidieron que era mejor dar la vuelta y volver poco a poco arriando por la borda el chum, aunque ello suponiese no poder ver paíños de Wilson. Para entonces la mitad del pasaje lo estaba pasando muy mal, con algunos “voluntarios” vaciando parte de sus estómagos por la borda.

Al virar 180 grados el patrón comenzó a volver al ralentí. En ese momento Jose Miguel y Xabi Varela comenzaron primero ha echar aceite y gusanitos por la borda, y a continuación el pescado preparado. Hay que reconocer que tardaron en entrar. Si lo hicieron en la mancha de aceite, pero nos alejábamos sin remedio de volver… tanto meneo así lo aconsejaba.


Al poco, primero jóvenes de gaviotas sombría y patiamarilla se acercaban tímidamente… tras ellas los págalos grande para tocarlas “las narices” y en grupos de hasta 50 ejemplares charranes común… aunque estos aguantaban muy poco por la popa para seguir rumbo sur… en una migración frenética. Eso sí, era llegar los charranes común, patinegro, algún ártico y unos pocos fumareles común y allí aparecían los págalos… de las tres especies… rabero, parásito y pomarino.

Págalo grande

Fumarel común

Charrán patinegro

Charrán común

Págalo parásito

Págalo rabero

Págalo rabero


Hasta que al final conseguimos que se engancharan los alcatraces que picaban a escasos medio metro nuestro. Se arriaba el pescado y las gaviotas se acercaban las primeras, pero la inexperiencia de los jóvenes hacía que mirasen en exceso la comida y los alcatraces se lo arrebatasen con un picado que daba miedo. Cualquier día alguien será testigo como ensartan a una.


Aparecieron las primeras Gaviotas de Sabine. Que se engancharon al barco y seguían nuestra estela hasta que poco a poco se acercaban a menos de 5 metros nuestro. Conseguimos ver 8 ejemplares a la vez… entre ellas dos jóvenes. También una Gaviota tridáctila.


Al cabo de unos minutos alguien exclama ¡¡Paíño!!. Un ejemplar volaba lejos, a más de 100 metros por la popa, detrás del límite de las gaviotas…seguro y lejos de ellas. Aunque alguno osaba acercarse más. Era muy difícil con las condiciones de la mar mirar con prismáticos… algunos lo conseguían durante poco tiempo para perder enseguida el enfoque. El sol, muy intenso, reflejaba en la parte inferior de las alas y parecía un común. Al final se consiguió una instantánea y se vio que teníamos a cuatro ejemplares de Paíño de Wilson siguiéndonos por la popa. A menos de 5 millas de tierra y con viento que aleja las marinas a la mar. Pero ésta, estaba rebosante de vida… y la gente soñaba en voz alta “si aparece un Pterodroma, habrá merecido la pena, y nadie se acordará del mareo”.


Paíño de Wilson


A cuenta gotas también empezaron a engancharse las pardelas sombría, cenicienta y alguna pichoneta, que con un plumaje muy desgastado color marrón oscuro, y unas incipientes patitas sobresaliendo por la cola… trajo a confusión con una Yelkouan. Si es difícil identificarla a corta distancia y con foto, hay que ser muy cautos al verla desde tierra. También contamos con muy buenas observaciones de pardelas capirotada y muy cerca de tierra con las Baleares.

Pardela pichoneta

Pardela sombría

Pardela sombría

Pardela cenicienta

Pardela capirotada

Persecución

Pardela balear

Hay que reconocer que la gente estaba muy satisfecha… habíamos conseguido ver y disfrutar con un buen puñado de aves marinas, muchas de ellas pelágicas. Como bien indicaría Pajuelo, es una sensación muy gratificante cruzarnos la mirada con un alcatraz. Estos se acercaban tanto y con tanta confianza que casi los podíamos tocar con la mano. Sobre todo cuando se posaban en el agua junto al barco…


Cuando estábamos a tres millas de Ortegal, a las 13:15 horas y muy relajados… una voz de alerta exclamaba nervioso… qué es eso que vuela en popa… es él, es él… el Pterodroma. Al girar la cabeza lo veo al instante y reafirmo con un grito PTERODROMA… PTERODROMAAAA…

Todos nos erguimos como un resorte. No había meneo en el barco, se le olvidó el mareo a muchos, nos agolpamos a la popa. El Petrel volaba muy lejos de nosotros, siguiendo la popa en el límite de las aves y entre 200 y 250 metros de distancia. Dando amplios arcos y levantándose muy alto sobre el agua… derecha-izquierda-derecha. Se veía perfectamente las alas inferiores oscuras que contrastaban con el pecho blanco, también la máscara facial. Una hermosa marina de alas estilizadas y del tamaño de una Pardela capirotada.

Me sujetaba con los codos donde podía hasta que utilicé a Jose Portillo como trípode y pude sacar las instantáneas. Imposible enfocar… volaba rapidísimo, lejos y encima el barco dando bandazos… pero no importaba ahí estaba el testimonio gráfico. Todos los vimos a pelo… bueno todas las aves las vimos a pelo.

Imaginaros el ambientazo en el barco. No dábamos crédito de la enorme suerte y privilegio que habíamos tenido. Con la cámara digital mirábamos la foto. Parecía que teníamos que reafirmarnos… que no había sido un sueño colectivo. Y los móviles… los móviles en pleno funcionamiento. Una satisfacción difícil de explicar.

El Pterodroma desapareció rumbo sur y a velocidad de vértigo. Ya no hacía falta seguir bailando al son de las olas… podíamos regresar a puerto, seguros de haber triunfado. Pero justo una hora después y a las 14:15 horas… Pajuelo exclama OTRO PTERODROMA… MÁS CERCA TODAVÍA. El ave apareció por la proa cruzando el costado de babor (izquierda), venía de Estaca a la velocidad del rayo.

Cuando llegó a la estela de la popa y a la misma distancia que el anterior repitió el arqueo de vuelo ondulante y se perdió rumbo sur. No sé decir si era el mismo o no… a todos nos pareció que era otro ejemplar… por dónde desapareció el primero y apareció este. Pero sin encontrar diferencias estructurales o plumaje… entre otras cosas porque era imposible verlo con prismáticos… y en esta ocasión las fotografías tampoco nos sacan de dudas.

En las fotos se distingue bien el pico y alas estilizadas, en directo el tamaño de Pardela capirotada… estos rasgos apuntan a un Pterodroma feae. Esperemos que la gente que los estudia y ve a diario, nos saquen o no en breve de dudas. Al menos, y de momento, tenemos las primeras imágenes de un Pterodroma en España.

El colofón fueron tres negrones comunes macho en migración activa. Desde aquí agradecer a todos los compañeros que estaban en el barco, a los mencionados añadir entre otros a Marcos Zárraga, Jesús Menéndez, Oscar Llama, Xurxo Pinheiro, Maria José Sanchez, Yolanda Ozaeta, Gabi Vuelvepiedras, Jose Miguel, Juan, David… Señores estooooy muy orgullosos de ustedes.

Y contando los días que faltan para volver a esta aventura marina… al Aula del Mar… y dar las gracias a nuestro amigo Jose Miguel Alonso Pumar por haber echo posible que todos los amantes de la mar y las aves marinas tengamos un soporte de lujo para disfrutar de ellas... y dejarnos en nuestra retina imágenes inolvidables.


AULA DO MAR


Un saludete

Gorka Ocio